FIN

El pasado 25 de junio terminé de escribir La visión de Eda, mi cuarta novela. Qué increíble momento de felicidad.

Qué últimas dos semanas… Me hubiera encerrado día y noche para poderme dedicar en exclusiva a avanzar en ese final apuntalado que pedía ya los últimos ladrillos, la capa de imprimación y una primera mano de pintura, al menos.

Poner la palabra fin a un manuscrito es parir: despedirse de cada personaje es una contracción que nace en las entrañas y te acerca a empujones hacia el final. Y duele. Ese «FIN» duele y emociona a partes iguales. Es indescriptible ese momento de alumbrar a la criatura y permitirse la alegría que sigue al esfuerzo que nos pone el sueño cumplido en los brazos. Se pregunta una cómo ha hecho posible otra vez el milagro de escribir un libro y fantasea con descansar después de tantos meses, y parar de hilvanar notas, datos y giros de guion, y darse licencia para no pensar tanto; aunque eso aún tenga, finalmente, que esperar un poco.

Me concedo tan solo un día de distancia con el texto antes de empezar a revisarlo todo: descartar páginas (muchas), reescribir, repuntuar, reparar agujeros de guion e incoherencias temporales o espaciales; analizar el ritmo y el equilibrio entre tramas, revisar la evolución de cada personaje, escuchar los diálogos en voz alta para detectar si algo no funciona. Y mirar el texto con cara de pocos amigos para intimidar y forzar a salir a las erratas: esos escurridizos y soberbios errores que se pasean delante de mí ¡sin que los vea!

Tras tres pases de corrección de las trescientas y pico páginas del manuscrito ya terminado, ahora ya sí, he parado. Tengo la suerte de poder contar con un equipazo dispuesto a cogerme el relevo; un grupito de personas bonitas y generosas que se han puesto a funcionar esta misma semana para ayudarme con la captura de las erratas que burlan mi teclado mientras me sumerjo en la historia.

Escribir es el milagro de tejer ideas, personajes, tramas, emociones, obstáculos, retazos de vida para llegar a ese «FIN» con el objetivo cumplido: contar esa historia que quería salir de dentro, cabeza y corazón, y ofrecerse.

Ahora paso los días lidiando con una gestión infantil de la espera: excitada y ansiosa por la llegada de esos informes que dan cuenta de los tropiezos del texto y de las primeras impresiones sobre la novela. Y parecía que lo más complicado estaba hecho, ¿eh? Ja, ja, ja.

Escribo F, I, N… pero es ahora, que mi nueva historia asoma, cuando todo lo demás empieza.  

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