Mi historia

Me recuerdo desde siempre pluma en mano. No hay juego que haya llamado más mi atención que la creación a partir de palabras; ese momento solitario, intenso, honesto y entregado me ofrece un equilibrio del que ni puedo ni quiero prescindir.

¿Qué clase de misterio es ese que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ni ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada.

Gabriel García Márquez

Nací en Vitoria-Gasteiz, en el año 1972. Estudié Periodismo y trabajo en Comunicación. Suerte la mía, que mis horas de trabajo me permiten también, entre otras cosas, componer textos y hacer que las ideas transiten por aquí y por allá.

He querido ser escritora siempre, pero creo que mi deseo se hizo reto cuando leí Mujercitas, de Louisa May Alcott. Todavía soy capaz de identificarme en la ilusión de la hermana rebelde de la familia, cuando coloca la última hoja de su manuscrito bajo el montón y escribe sobre la portada, «Por Jo March».

De niña y adolescente escribí diarios, cuentos, poemas, canciones, cartas y un montón de Volúmenes del Absurdo. Esta serie de disparates eran folios y folios escritos en hojas de cuaderno en las que me desparramaba en el ejercicio de sacarle punta a todo lo que ocurría en mi colegio. A cada Volumen del Absurdo le seguía una sesión de lectura compartida y comentada entre muchas, muchas risas, con mis compañeras. ¡Dónde estarán mis Volúmenes del Absurdo!

Gané varios concursos. Recuerdo con especial cariño el primer premio en el I Certamen de Cartas de amor, que organizó la Casa de Cultura de Barakaldo (Bizkaia). Escribí también una novela corta: Las Mercedes. Fue gracias a este texto que tuve oportunidad de conocer al padre marianista Emilio Ortega, que me escribió una carta desde Irlanda porque desde la Editorial SM le habían hecho llegar mi novela. La relación epistolar que se inició con aquella primera carta fue una experiencia muy bonita y enriquecedora, un regalo. Emilio siempre me decía que tenía que seguir escribiendo, que tenía un don.

Unos cuantos años después escribí Brujas bailando el tango. Cuando la terminé, en marzo de 1998, viví un auténtico duelo. No podía desprenderme de mis chicas. Las echaba tanto de menos que me parecía verlas en la calle a cada rato. El trabajo de escribir esa novela me fue recompensado con creces. El privilegio de que alguien decida leerte no tiene precio; si, además, lo que recibes de vuelta son buenas valoraciones y oportunidades para hablar de tu historia, la felicidad es completa.

Pero llegó la mala crítica, tan dolorosa y tan necesaria para crecer. Me escoció mucho, porque trató mi libro con una dureza que entonces -y aún ahora- me pareció desproporcionada en contenido y forma. Tras aquello, dejé de escribir. Me entró un pánico terrible; no quería volver a exponerme, a sentirme zarandeada a través del rechazo que pudieran provocar mis textos. No estaba preparada para eso. Así que volví a la soledad de los diarios.

Después, la vida que elegí me puso un montón de pelotas en el aire para que las mantuviera en movimiento sin que se cayera ninguna de ellas: trabajo, pareja, hijas… Desaparecí detrás de la crianza y las obligaciones durante unos cuantos años, hasta que un día de diciembre de 2010, me arremangué y publiqué un blog: Ya sé yo mis cosas. Y entonces me di cuenta de que tan necesario es para mí escribir, como compartir lo que escribo. Ya sé yo mis cosas me hizo libre otra vez. Desempolvé mi pluma y la saqué de nuevo a la luz.

Por aquellos primeros años de vida del blog, me inicié también en el activismo. Me afilié al partido político Por un mundo más justo (M+J) y recibí la invitación de mi amiga Ana Erostarbe para cofundar el blog colaborativo feminista Doce Miradas junto a otras once mujeres. Ambas experiencias, junto a mi desempeño laboral como responsable de Comunicación de una importante organización social, me curtieron y me hicieron crecer en el compromiso personal contra la pobreza y la desigualdad.

De lo vivido y lo aprendido durante aquellos maravillosos y extenuantes años surgió el proyecto de una nueva novela. Tenía la historia y tenía unas ganas locas de entregarme al teclado y a la creación. Pero no tenía el espacio y no tenía el tiempo; demasiada gente rondando y demasiadas cosas por hacer.

El 17 de octubre de 2018 todo eso cambió. Un coche me llevó por delante en un mal cruce; los dos impactos y la caída me maltrataron todo el cuerpo y se cebaron con mi pierna derecha. Como consecuencia de aquello, convivo con una lesión que me limitará el resto de mis días.

En la vida nos pasan cosas. Yo sufrí aquel atropello, pero recibí en compensación el regalo de parar, el regalo del tiempo. Arrojada contra el suelo, dolorida y rota, sentí que al fin iba a poder escribir mi segunda novela. Los primeros meses de convalecencia los dediqué a dar cuerpo a mis aprendizajes y a mis notas. El último día del mes de mayo de 2019, terminé de escribir MZUNGU. Mujer blanca extranjera.

Después vino la presentación al entorno más cercano y recoger las valoraciones y aportaciones de todos los amigos y amigas que quisieron leer la primera versión de mi relato. Volvió con fuerza el placer de compartir historias y el agradecimiento por haber podido dedicarme durante tantos meses a ser inmensamente feliz en la soledad del baile que se organiza en mi teclado cuando escribo.

Hace unos meses, más de veinte años después de haberla escrito, me decidí a publicar en Amazon Brujas bailando el tango. No podía dejar pasar más tiempo sin que aquella historia viera la luz. Tenía que ser antes de que lo hiciera MZUNGU. Mujer blanca extranjera, recién publicada en la editorial Caligrama, deseosa de caer en vuestras manos y robaros un poco de vuestro preciado tiempo.